Tuesday, June 23, 2009

A través de la pecera 4


Huyen las horas,
van de dos en dos;
corren, se empujan,
driblan ágilmente los minutos...
y al cabo,
entregan el testigo a otras dos
que retoman la carrera alocada,
sin tregua, del tiempo mensurable,
del acaecer preciso y acotado:
horas, de dos en dos.

Las horas, así determinadas,
-ciento veinte minutos, ni uno menos,
aunque se admita alguno más-
casi vuelan en su incesante pasar;
es su transcurrir aéreo
más que terrestre,
es su paso de pluma
más que de pezuña:
horas aladas.

Pero el tiempo está detenido,
sumergido en el fondo de una pecera
inmensa,
tan inmensa como un ojo inmenso;
todo el ser en ese ojo,
todo lo posible,
todo lo impensable,
todo.

Este tiempo sentido, no mensurado,
que no atiende a minutos ni horas,
transcurre con la lentitud
de un pesado cuerpo bajo el agua.
La fricción del líquido refrena
el transcurrir del tiempo.
Bajo el agua el tiempo tiene otra esencia,
lo constituye otra sustancia,
no ya de segundos, ni de horas,
sino de deseo satisfecho
o de esperas dilatadas;
el tiempo, bajo el agua,
tiene la densidad espesa de lo aplazado.

A través de la pecera todo es lentitud
e imagen distorsionada que transcurre al ralentí;
a pesar del reloj,
a pesar de la caída acelerada de las horas,
a través de la pecera la vida aparece
detenida;
si se mueve, lo hace
con la lentitud de una ameba
por el fondo de un estanque de lodo.

Paradójico, el tiempo me mide
con dos velocidades:
la de los sentidos
y la de las sensaciones;
la que gobierna al cuerpo
y la que atañe al alma.

lll

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